«...pero ¿nunca has pensado en dedicarte a esto?»
Sorpresa. Silencio. Una pizca de picardía. Una idea que empieza a tomar forma.
Capítulo uno
Esta es mi historia.
Me llamo Alexandery soy gigoló.
Los orígenes
Nací en Italia en 1989 y crecí al ritmo tranquilo de la vida de provincias: casa, colegio, tardes jugando en el jardín y caras que, de una forma u otra, todo el mundo conocía. Tuve una infancia feliz, con unos padres que siempre estaban ahí, vacaciones en la playa o de camping y la despreocupación de un niño cuyo único reto era decidir qué construir con los Lego.
Con los años fue aflorando mi carácter sensible y extrovertido, junto con mi interés por la música y la lectura, los primeros flechazos y los inevitables desengaños amorosos.
En lugar de jugar al fútbol en el patio, que se me daba francamente mal, prefería pasar el tiempo con mis amigas, entre partidos de voleibol y charlas interminables. Compartir aquellos momentos con ellas me permitió captar con toda naturalidad matices y formas de pensar que los chicos de mi edad que se quedaron corriendo detrás de un balón descubrirían, en el mejor de los casos, años después.
Como cualquier adolescente, empecé a explorar el sexo de la forma más egoísta y previsible posible: solo pensaba en mí y en lo que quería conseguir, y dejaba de lado todo lo que entonces me parecía secundario.
Cuando acabé el instituto, llegué a los veinte con una personalidad más definida, una trayectoria profesional que entonces creía ya encarrilada y la despreocupación de quien podía organizar su tiempo a su antojo. Empecé como técnico informático y más adelante pasé a ser analista. En aquellos años aparqué algunas aficiones de infancia, como los videojuegos y la música, mientras que otras pasiones se consolidaron y siguen acompañándome. Al mirar los bastones de senderismo apoyados aquí, en el pasillo, reconozco las mismas necesidades de entonces: la naturaleza, el deporte, el mar.
También cambió mi relación con las mujeres, en buena parte por la frenética vida nocturna del Turín de aquella época. Si tuviera que señalar mi verdadero punto de inflexión, lo situaría sin dudarlo allí, en el momento en que dejé atrás esa mirada egoísta y descubrí lo gratificante que podía ser ponerla a ella y a su placer en primer lugar. Quién sabe, quizá fue entonces cuando nació mi atracción por las mujeres mayores que yo. Y sin embargo, pensándolo bien, sonrío al acordarme de mi maestra de infantil, que con cinco años ya me aceleraba el corazón.
36 llamadas perdidas y un billete de solo ida
A los veintiséis años, una primavera en la que tenía unas ganas enormes de ponerme a prueba, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: dejar Italia. Una decisión de esas que parecen sacadas de Sliding Doors, que marcan un antes y un después en una vida y abren de par en par la puerta a una existencia completamente distinta.
Unos días antes de marcharme, con la maleta casi hecha y el sombrero de paja todavía envuelto en plástico, en la pantalla de mi viejo Nokia aparecían 36 llamadas perdidas. Un detalle minúsculo que desembocó en una tarde de euforia inolvidable: entre una cosa y otra, todavía no les había contado nada a mis padres.
Los años siguientes fueron una sucesión de experiencias intensas, muchas de las cuales todavía guardo como un tesoro. Trabajando para un prestigioso turoperador italiano viví en lugares extraordinarios y recorrí muchos otros, desde las costas del mar Egeo hasta las dunas blancas de Cabo Verde, pasando por las tierras de Egipto, cargadas de historia, siempre en contacto con culturas y gentes muy alejadas del mundo del que venía. Vivir y trabajar con personas de todas las edades, nacionalidades y religiones me ha dado una capacidad para entender a los demás que jamás habría desarrollado tumbado en el sofá de casa. Y luego está ese árbol de Navidad montado junto a la piscina, con treinta grados y un sol radiante, una imagen que no olvidaré fácilmente.
Gran Canaria: sol, playas y libertad
Llegué a Gran Canaria con la misma actitud que a todos los destinos anteriores, dispuesto a dar lo mejor de mí trabajando y explorando la isla. Pero esta vez, ocho meses después, decidí no embarcarme en la siguiente aventura y compré un billete más a LPA: misma ruta, una maleta mucho más grande y la decisión de quedarme. Para un italiano criado entre la niebla de la llanura padana, Canarias no es un destino cualquiera, sino ese paraíso del que todos hemos oído hablar alguna vez.
Dejé mi trabajo en el turoperador con mucha pena. Me instalé en el sur de la isla, con su clima suave todo el año, las vistas a las dunas de Maspalomas y la energía de quien empieza una nueva vida. Empecé a trabajar en un pequeño resort, lejos de la dinámica de las grandes empresas y cerca de personas que querían desconectar y tomarse la vida con más calma. Por primera vez dejé de ser un extranjero de paso para convertirme en alguien que tenía que integrarse: estudiaba español, descubría los sabores de la cocina local y aprendía a bajar el ritmo.
En resumen, todo iba bien, pero como en toda historia que se precie, tenía que llegar un clímax dramático antes de la catarsis: ¿cómo podían ser tan incómodas aquellas malditas mascarillas?
La euforia tras la covid-19 y una broma inesperada
Como el sol y la luna, el día y la noche o la Dorada y la Tropical (lo siento, esta solo la pillan los de aquí), el desastre que dejó el confinamiento y las ganas de vivir eran dos fuerzas opuestas que se disputaban el mismo espacio. Por cada cartel de «Cerrado» había un nuevo grupo de senderistas dispuestos a perderse por la naturaleza, y por cada vecino obligado a dejar la isla había otros diez que se unían en pequeñas comunidades.
Se respiraba la necesidad de recuperar el tiempo perdido. La gente buscaba espacios abiertos, encuentros y celebraciones, redescubriendo la vida, la libertad y el contacto físico.
También la escena sexual liberal del sur de la isla vivía su renacer, y antes de salir muchos dejaban el pudor y las inhibiciones en casa.
En una de aquellas noches, en las que las charlas y las fanfarronadas animan las mesas de amigos como solo saben hacerlo el buen vino y las anécdotas picantes, alguien soltó de repente: «...pero ¿nunca has pensado en dedicarte a esto?».
Una broma lanzada al aire, que quedó flotando un instante y que podría haberse desvanecido en la noche.
Podría haber quedado ahí. Pero no.
«...¿y si...?», me repetía mientras las risas se iban apagando poco a poco y la noche llegaba a su fin. Ya a solas con mis pensamientos, en el silencio de una Maspalomas al amanecer, sentí que aquella broma perdía todo su tono de guasa y me ponía ante una encrucijada: a un lado, la seguridad de lo que siempre había sido; al otro, la curiosidad por adentrarme en un terreno desconocido. Me bastó con abrir la puerta y dejar las llaves sobre la mesa de la entrada: en la calma de casa, aquella pregunta dejó de dar miedo y se convirtió en una decisión.
De aquel otoño de 2020 todavía recuerdo la tensión de las primeras conversaciones y el corazón acelerándose a pocos minutos del primer encuentro, hasta esa descarga de adrenalina pura al cruzar el umbral, cuando aquella decisión marcó un rumbo.
Salto al presente
Aquella broma se convirtió en una idea; la idea, en un proyecto; y el proyecto, en una realidad que sigue viva desde entonces. Hoy todo eso convive con mi vida cotidiana, hecha de amigos, deporte, una carrera corporativa (sí, he vuelto a caer, malditos ordenadores) y una gata naranja que se adueña de medio sofá. Me encontrarás leyendo en una playa de Gran Canaria, haciendo senderismo por la montaña, acampado en un bosque o sentado en un restaurante ante un buen plato de pasta, la única cosa a la que un italiano fuera de su país nunca renuncia.
Al mirar el camino recorrido hasta ahora, los errores de los que más he aprendido han sido las confianzas tomadas demasiado pronto, las conversaciones que no supe llevar bien y las situaciones incómodas por no haber marcado límites firmes y claros.
Al mismo tiempo, mi forma de relacionarme con las mujeres también ha seguido evolucionando, hasta que no ha quedado ni rastro del egoísmo de mis veinte años.
Hoy el sentido de un encuentro está en los detalles invisibles y en una atención profunda. Es una madurez que no vive pendiente de expectativas, sino que se despoja de cualquier artificio para reencontrar un espacio de respeto y complicidad en el que cada gesto sigue simplemente su propio ritmo.
Los hombros que se relajan, la respiración que se ralentiza: los gestos que antes no veía son ahora los primeros que busco.
Esta es mi historia. Me llamo Alexander y soy tu gigoló.
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