Dunas de Corralejo
Dos mil seiscientas hectáreas de arena blanca, nacida de conchas desmenuzadas y no del desierto, que el viento vuelve a moldear cada día hasta el mar turquesa.
28°24′N · 14°00′O
Arena dorada y libertad salvaje.
Fuerteventura es la más antigua de las Canarias, la primera que emergió del océano hace más de veinte millones de años, y el viento y el tiempo la han pulido hasta convertirla en llanuras de color ocre y colinas de formas suaves. Es la isla de las playas, más de ciento cincuenta, desde las dunas blancas de Corralejo hasta los doce kilómetros desiertos de Cofete, con un mar que cambia de azul de una bahía a otra.
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Dos mil seiscientas hectáreas de arena blanca, nacida de conchas desmenuzadas y no del desierto, que el viento vuelve a moldear cada día hasta el mar turquesa.
Un islote deshabitado que debe su nombre a las focas monje que antes lo poblaban: las pozas turquesas del Puertito entre la lava negra y, al fondo, el faro de Martiño.
Doce kilómetros de playa salvaje bajo las montañas de Jandía, y una villa aislada cargada de leyendas.
Cuando se retira la marea, el mar modela una lámina de agua clara y muy somera, y cada día compone una nueva y espectacular coreografía de arena.
Kilómetros de arena clara y un mar tranquilo en el extremo sur, donde un viejo pueblo de pescadores guarda su faro.
Cuevas abiertas al mar en las rocas más antiguas de Canarias, donde afloran fósiles marinos y los viejos hornos de cal.
Un elegante edificio con pórtico de madera, ideado por Manrique a seiscientos setenta metros de altitud, que domina el desierto ocre y las colinas sinuosas de Fuerteventura.
Un pueblo de pescadores en la costa noroeste, famoso por sus lagunas de arena blanca resguardadas por arrecifes negros y por sus atardeceres encendidos.
Un cono volcánico al que se puede subir y que revela un profundo cráter rojizo, donde senderos de arena negra y roca de lava dan cobijo a ágiles ardillas.
Una fortaleza de piedra roja y blanca encaramada a un acantilado de doscientos metros, en el punto de Canarias más cercano a las costas africanas.
Un arco de roca esculpido por el agua sobre un barranco de palmeras, a pocos pasos de la pequeña ermita de la Virgen de la Peña.
Un balcón astronómico de piedra con paneles informativos y peanas para telescopios, ideal para admirar el cielo estrellado y protegido de la isla.
Silueta © OpenStreetMap
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Febrero, marzo
Puerto del Rosario y Corralejo se llenan de máscaras, comparsas disfrazadas y música en la calle.
Julio
Betancuria, la primera capital, celebra a su patrón con la procesión entre las casas blancas del valle.
Verano
Cada verano las aguas turquesas se convierten en el escenario mundial del viento, donde la élite del windsurf, el kitesurf y el wingfoil se mide a golpe de acrobacias y velocidad.
Septiembre
La isla entera se pone en camino hacia Vega de Río Palmas, donde la patrona espera en su iglesia, entre las palmeras del valle.
Octubre
Tuineje vuelve a escenificar la batalla de 1740, cuando los campesinos rechazaron a los corsarios ingleses parapetándose tras los camellos.
Noviembre
En otoño el cielo sobre las dunas de Corralejo se enciende de cometas enormes y figuras flotantes, guiadas por las fuertes corrientes sobre el litoral arenoso protegido.
Lo que me fascina de Fuerteventura es ese lado salvaje que nadie ha conseguido domar jamás. Las infinitas extensiones de arena blanca que se sumergen en un mar de mil matices de turquesa, y un paisaje en el que el viento siempre tiene algo que decir y donde perdernos entre las playas, con los alisios como únicos testigos.
Fuerteventura, conmigo
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