Sonido de notificación, una mirada al teléfono.

Bandeja de entrada (1). El asunto del correo es sencillo y el mensaje no se pierde en rodeos, va directo al grano: Santa Cruz de Tenerife, un hotel en el centro, la hora, lo que ella desea, lo que él quiere ver y lo que debe quedarse fuera de la habitación. No buscan consejos ni quieren instrucciones, es un mensaje con la dosis justa de audacia y una calma que deja entrever cierta familiaridad con la situación.

Las premisas son excelentes, pero vayamos por partes.

La mano de un gigoló recoge el móvil de una superficie de mármol oscuro con un correo abierto en la pantalla: el primer mensaje de una pareja que practica el cuckolding y llega con la velada ya decidida.

Qué es el cuckold: significado y qué no es

Reducido a su estructura esencial, el mecanismo es lineal: ella mantiene una relación íntima con otro hombre, mientras su marido o pareja está al tanto de la situación, consiente y forma parte de la dinámica, y puede presenciarla, quedarse en otro lugar o escuchar el relato más tarde. Su placer no nace de participar directamente en el acto, sino de la posición que ocupa respecto a lo que sucede. En estas páginas describo la configuración que encuentro con más frecuencia en mi trabajo, la heterosexual, compuesta por una mujer, su pareja y un tercer hombre; existen otras, con dinámicas en parte distintas. Para entenderla de verdad, primero hay que despejar el terreno de todo aquello que no es, eliminando las superposiciones y los modelos de interpretación más habituales.

No es una infidelidad. La infidelidad vive del secreto y de la mentira, y arrebata a la pareja la confianza y el espacio que le correspondían. Aquí la dinámica se sostiene sobre lo contrario: transparencia total, planificación compartida y pleno conocimiento por parte de la pareja, esté o no presente en persona.

No significa por sí solo que la pareja esté en crisis. No se trata de un intento desesperado por reanimar una relación desgastada ni de una concesión que una de las dos partes soporta para evitar el final. Para abordarlo sin presiones hacen falta, precisamente, comunicación, confianza y la posibilidad concreta de cambiar de opinión. La práctica no es por sí misma un indicio de crisis, pero tampoco resuelve una crisis previa y puede amplificar problemas que ya existían.

No equivale a una relación abierta ni al intercambio de parejas. En el intercambio, la reciprocidad forma parte de la estructura, mientras que aquí los papeles y el centro del deseo se organizan de una manera precisa: la dinámica puede existir dentro de distintos modelos de relación, pero no depende de ellos.

No equivale a un trío en el que todos participan. En el ménage à trois, la interacción implica a tres personas desde una participación directa y compartida; aquí las funciones siguen separadas y la presencia de uno no se funde con la acción del otro. Ya escribí en otro artículo sobre lo que ocurre cuando una pareja decide invitar a un tercero a su intimidad: el punto de partida es muy distinto del que nos ocupa aquí.

Un correo como aquel llega al final de un recorrido, no al principio. En muchas de las historias que he tenido ocasión de escuchar, antes de esa calma hubo un largo periodo en el que el pensamiento, aún sin una forma concreta, no se había contado a nadie. Y es ahí donde cobra sentido el dato más citado: en una amplia encuesta sobre fantasías sexuales realizada a más de cuatro mil adultos estadounidenses por el psicólogo Justin Lehmiller, investigador del Instituto Kinsey, el cincuenta y ocho por ciento de los hombres y cerca de un tercio de las mujeres afirmaron haber imaginado al menos una vez una situación de este tipo[1].

Sin embargo, esa cifra mide lo que pasa por la cabeza, no lo que sucede a puerta cerrada, y no permite saber cuántas parejas deciden llevarlo realmente a la práctica. No existen estimaciones fiables sobre su extensión real, por la razón evidente de que no es algo que se cuente fácilmente a un entrevistador.

Lo que sí puede observarse es de otra naturaleza. Existe un léxico estable y articulado, hay comunidades que lo utilizan desde hace décadas y hay parejas que llegan con peticiones formuladas con una precisión que solo se adquiere con la práctica. No permite medir su extensión, pero sí muestra que el fenómeno tiene una historia y un lenguaje propios, y que quienes lo viven no están improvisando.

Hay además una distinción sutil pero fundamental: imaginar una situación así y vivirla no son la misma experiencia, y la distancia entre ambas es mayor de lo que se cree antes de recorrerla. Entre las parejas que he conocido, casi todas descubrieron que la versión real avanza con tiempos, silencios e imprevistos que ninguna fantasía contempla, porque la fantasía, por definición, carece de fricción. Es precisamente en esa diferencia donde se decide el éxito o el fracaso de una velada.

Dos alianzas, un reloj de hombre y un vaso de whisky sobre la mesilla de una suite: en el cuckolding no se oculta nada, porque la transparencia es la condición de todo el acuerdo.

La psicología del cuckold: por qué excita apartarse

La columna vertebral de este tipo de dinámica está en la peculiar geometría con la que se organiza el deseo. Es una configuración específica de la sexualidad masculina, en la que el hombre alcanza el punto máximo de su satisfacción no mediante la actuación o la posesión directa, sino haciéndose a un lado, retrocediendo unos pasos y situándose en los márgenes de la escena.

Lo que mira desde esa posición no es el acto sexual reducido a su simple mecánica pornográfica, ni las cualidades físicas del otro hombre. La lente de su mirada sigue fija en ella: en su rostro, en sus reacciones, en los detalles casi imperceptibles de su placer ante un cuerpo distinto, con ritmos, pesos y formas que él conoce bien pero que no puede encarnar. Es la experiencia de verla transformarse bajo el efecto de un estímulo externo, mientras continúa siendo el testigo privilegiado de esa metamorfosis.

De dónde nace el impulso

Queda por aclarar de dónde procede un impulso así, porque entre los hombres que se han puesto en contacto conmigo rara vez la fantasía aparecía como una curiosidad reciente. En la mayoría de las conversaciones que he mantenido con ellos a lo largo de estos años, el pensamiento llevaba mucho tiempo presente y solía haber surgido por primera vez en una ocasión aparentemente insignificante. Un comentario de ella sobre otro hombre, una mirada captada durante una cena con amigos, unos celos que, en vez de provocar únicamente malestar, produjeron un efecto inesperado del que quizá se avergonzaron en silencio durante años. Un pensamiento así no aparece una sola vez para después disolverse: se eclipsa durante meses, se deja olvidar y regresa idéntico en sus detalles, hasta que deja de parecer una fantasía ocasional y adquiere los contornos de un deseo estructurado. Conviene decir que quienes recurren a un profesional no constituyen una muestra de la población, sino un grupo que ya se ha autoseleccionado, y esto se aplica a todas las observaciones que siguen.

Cuando los celos y la excitación conviven

Hay además un elemento que las explicaciones más ordenadas del fenómeno tienden a evitar sistemáticamente y que, para muchos de los hombres que contactan conmigo, es el núcleo de la cuestión: los celos no desaparecen en absoluto. No se superan ni se resuelven con una conversación bien llevada, y quien no los siente vive, con toda probabilidad, una dinámica distinta de la que describo aquí. Lo que ocurre es más sutil y mucho más difícil de admitir, porque esa sensación sigue siendo perceptible y se pone al servicio de la excitación en lugar de convertirse en su obstáculo. La reacción de alarma que produce el cuerpo en esos momentos, hecha de tensión y adrenalina, puede entrelazarse con el placer en cuanto el contexto se percibe como seguro y completamente bajo control. Por eso la solidez de la pareja no es un requisito moral, sino una condición práctica: cuando falta esa seguridad, una misma escena puede producir malestar o dolor en vez de excitación.

Compersión: el placer ante el placer de ella

Este impulso actúa exactamente por lo que es, sin necesidad de dulcificarlo ni reducirlo a una desviación que haya que diagnosticar. El deseo en sí no es automáticamente indicio de una patología, y el reflejo que busca un defecto detrás de cualquier deseo poco convencional también aparece en otros ámbitos, por ejemplo en la forma en que cambia el juicio sobre quien vende intimidad. Uno de los componentes que pueden intervenir en esta dinámica tiene un nombre preciso: compersión, la experiencia empática de sentir alegría y satisfacción ante el placer que la persona amada recibe de otra. Donde los celos ven una amenaza de pérdida, la compersión encuentra una confirmación de abundancia y un amplificador del propio deseo, y ambas cosas no se excluyen.

Quien observa puede experimentar en el mismo instante algo parecido a una pérdida y algo parecido a un triunfo, sin saber señalar con precisión dónde termina una cosa y empieza la otra.

Cuckold, hotwife, bull, stag y vixen: un glosario esencial

El lenguaje que rodea esta práctica está lleno de matices, y cada término lleva consigo una historia, una actitud y un valor simbólico preciso que conviene distinguir con claridad.

  • Cuckold y cornudo: el término inglés cuckold procede de cuckoo, el cuco, ave conocida por depositar sus huevos en nidos ajenos. Si en el uso tradicional la palabra nace como un insulto destinado a subrayar el ridículo y la ignorancia del hombre engañado, en la cultura contemporánea se produce una verdadera inversión semántica: quienes viven este papel la reivindican con orgullo, transformando el antiguo estigma en el nombre de una función erótica precisa y elegida libremente.
  • Cuckolding: designa tanto la práctica como el marco cultural o conceptual en el que se inscribe este tipo de fantasía.
  • Hotwife y hotwifing: aquí la perspectiva cambia de forma apreciable. En su uso más habitual, el hotwifing tiende a relegar la humillación y la sumisión para dar prioridad al orgullo: el hombre no se siente empequeñecido ni derrotado, sino movido por el deseo de ver reconocida la capacidad de despertar deseo de su pareja. Su satisfacción nace de saber que a su lado hay una mujer a la que otros desean y que lo ha elegido a él.
  • Stag y vixen: son dos términos nacidos en algunas comunidades con la intención de liberarse del peso semántico del cuckold humillado. El stag, el ciervo macho, tiende a observar, aprobar y guiar la dinámica, mientras la vixen, que en inglés designa a la hembra del zorro, vive su sexualidad con plena libertad. Aquí el relato abandona cualquier rastro de sumisión para centrarse en la complicidad y en el orgullo de la pareja.
  • Bull (o toro): es el hombre externo al que se invita para completar la escena. La palabra arrastra un imaginario de fuerza física, virilidad explícita y presencia corporal: una fantasía extendida y simplificada, que no es el único requisito del papel. Como se verá más adelante, dentro de esa habitación también cuentan otras cosas. Su función es sostener el equilibrio de la velada encarnando una alteridad acordada frente al lugar que ocupa el compañero de ella.
  • Cuckquean: es la versión de la dinámica con los papeles invertidos, en la que la mujer obtiene satisfacción y estímulo erótico al ver a su marido o pareja mantener relaciones con otra mujer, a menudo delante de ella. El papel existe y completa el cuadro, aunque en el lenguaje corriente siga siendo mucho menos visible que su equivalente masculino.
  • Triolismo: es el término que aparece en parte de la literatura sexológica en español, mientras que el estudio en inglés citado al final, firmado por dos psicólogos junto con Dan Savage, periodista especializado en sexualidad desde hace más de treinta años, utiliza la forma troilism. En el sentido que nos interesa aquí, designa específicamente el placer de observar a la propia pareja con otra persona, que es exactamente de lo que estamos hablando. Es la palabra más fría del grupo y, por eso mismo, la más manejable: delimita el mecanismo sin decir nada de quien lo vive y resulta útil cuando se quiere nombrar la dinámica sin toda la carga que arrastra cuckold.

Cuckolding y voyeurismo: qué cambia con el consentimiento

Para comprender por completo la naturaleza de esta dinámica hay que trazar una frontera clara con otras formas de contemplación visual del sexo, empezando por el voyeurismo no consentido.

En el voyeurismo no consentido, el acto de mirar se basa en la asimetría y el secreto: quien observa lo hace a escondidas, y las personas observadas ignoran por completo que son el centro de la atención ajena. En el cuckolding, por el contrario, la mirada nunca se roba. Es una mirada invitada, acordada e integrada en la acción. Todos los presentes saben perfectamente quién mira, desde dónde lo hace y cuál es su papel. No hay una vulneración de la intimidad, sino la ejecución de un acuerdo explícito.

Silueta de una mujer tras el cristal empañado de una ducha, vista a través de la rendija de una puerta entreabierta: en el voyeurismo no consentido, la mirada no ha sido invitada, y esa es la diferencia con el cuckolding.

El mito de Candaules

Una referencia histórica y mitológica útil para comprender este matiz es el mito de Candaules, rey de Lidia, narrado por el historiador griego Heródoto en el siglo V antes de Cristo[2]. Candaules, obsesionado con la belleza de su esposa, insistió en que su servidor Giges la contemplara desnuda sin que ella lo supiera, ocultándolo detrás de la puerta del dormitorio. La historia terminó en tragedia, pero conviene detenerse en el giro de los acontecimientos. La reina advirtió la presencia del servidor y, al sentir que su marido había traicionado su dignidad, impuso a Giges una elección: morir por haberla visto desnuda o matar a Candaules. Giges mató al rey y se quedó con el trono y con su esposa.

La palabra candaulismo, sin embargo, es mucho más reciente que el relato del que procede: la introdujo el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing en la Psychopathia sexualis, el tratado de finales del siglo XIX que dio nombre a muchas de estas categorías, tomándola precisamente de esta historia[3]. Y en el candaulismo del mito falta el elemento fundamental de su versión contemporánea, que hoy también designa fantasías de exhibición plenamente acordadas: el consentimiento libre, transparente y activo de la mujer, sin el cual la fantasía se convierte en un abuso.

El placer de ella al ser observada

Para algunas mujeres, saber que la mirada de su pareja permanece fija en ellas mientras viven una experiencia con otro hombre intensifica todo lo que ocurre. Ser el centro de la escena, deseada al mismo tiempo por dos hombres con funciones distintas, puede dotar al encuentro de una carga que ninguna situación ordinaria produce.

Quién decide de verdad: el papel de la mujer en el cuckolding

Este es el corazón de toda la experiencia. ¿Qué cambia realmente en una velada en la que un hombre decide dar un paso atrás y no intervenir de ningún modo?

La respuesta es sencilla: toda la atención de la habitación, toda la energía y toda la tensión erótica convergen en ella, sin que nada se reste ni se divida. El deseo de los dos hombres pasa a un segundo plano, no hay turnos que respetar y, durante la escena, ella no tiene que repartir la atención ni convertirla en una competición. La mujer se transforma en el centro de gravedad alrededor del cual gira cada movimiento. Todo esto se refiere al orden de las prioridades eróticas, no al derecho a detenerse, que permanece intacto para los tres.

En este contexto, es ella quien marca el ritmo de la velada. El hombre que la conoce desde hace diez o veinte años, sentado a poca distancia, ocupa una posición única desde la que puede observar expresiones del deseo que la familiaridad había vuelto menos visibles. Ve cómo su cuerpo reacciona a la novedad y escucha sonidos que la costumbre había hecho poco frecuentes.

Mujer sentada de espaldas en el borde de una cama deshecha, con la mirada dirigida hacia un sillón vacío: en la dinámica hotwife, es ella quien marca el ritmo de la velada.

Ella es el sujeto activo de la experiencia, la protagonista absoluta sin la cual el mecanismo no tendría razón de existir. No basta con que haya aceptado la idea: debe tener un deseo propio dentro de esa escena, y lo que siente le pertenece a ella antes que a cualquiera que esté mirando. De lo contrario, no hay complicidad, sino representación, y todo el castillo erótico se derrumba al instante.

Las reglas del cuckolding: límites, consentimiento y humillación

En las parejas con experiencia, la gestión de la velada nunca se deja al azar. Las reglas no sirven únicamente para gestionar los celos o el miedo a perder a la pareja: protegen los acuerdos alcanzados y las distancias pactadas, que siguen siendo la parte frágil del mecanismo, porque basta un matiz equivocado, una vacilación o un gesto fuera de lugar para romper el hechizo erótico. Ya escribí sobre los límites y el derecho a detenerse al explicar qué significa abrirse a un tercero, y esos principios siguen siendo válidos aquí, adaptados a los papeles de esta dinámica.

Lo primero que hay que definir, antes incluso que los detalles, es la forma misma de la presencia, porque no todas las parejas eligen asistir en persona. Hay configuraciones en las que el hombre permanece en otra habitación, o ni siquiera se encuentra cerca, y solo recibe el relato más tarde de boca de ella: es una variante nada infrecuente y, para algunos, funciona mejor que la presencia física, porque confía a la reconstrucción la tarea de amplificar aquello que la mirada en directo tiende más bien a reducir.

Una vez definido esto, se pasa a una serie de aspectos más o menos prácticos que desde fuera podrían parecer minucias, pero que desde dentro constituyen los pilares de la experiencia:

  • La presencia o ausencia de contacto visual entre la pareja y el otro hombre.
  • La distancia física que el observador debe mantener respecto a la cama.
  • La posibilidad de hablar o la exigencia de un silencio absoluto.
  • La gestión de los límites: establecer si la humillación verbal o física forma parte del juego o queda rigurosamente excluida. Este aspecto nunca puede darse por sentado ni improvisarse en el momento, porque lo que para una pareja representa el punto máximo del estímulo, para otra constituye una línea infranqueable que arruinaría la experiencia.
  • La señal con la que cualquiera de los tres puede pedir una pausa o detenerlo todo, en cualquier momento y sin tener que justificarlo.

Elegir al bull: qué protege realmente a la pareja

Todo lo que la pareja ha construido hasta ese momento, la conversación que ha requerido meses, los acuerdos alcanzados uno a uno y las distancias pactadas, pasa a manos de alguien que no estaba presente cuando se tomaron esas decisiones. Por eso la elección del tercero es el punto más delicado de toda la organización: esa persona no añade nada al pacto, pero puede deshacerlo en una sola noche. Y cada posible camino deja tras de sí algo distinto. Un conocido parece la solución más natural y ofrece una familiaridad tranquilizadora, pero esa familiaridad también es el mayor riesgo: ocurra lo que ocurra esa noche, al día siguiente seguirá siendo una persona presente en vuestra vida que ahora posee una imagen de vosotros imposible de retirar. Un desconocido improvisado elegido sobre la marcha elimina esa consecuencia, pero introduce otra, porque nadie puede garantizar de antemano el comportamiento de alguien de quien solo conoce un perfil.

Un acompañante masculino con camisa blanca se abrocha un puño frente al ventanal de una ciudad iluminada: el bull, o tercero invitado, para quien esa suite es un lugar de trabajo y no una aventura.

Los riesgos de una velada así no son solo emocionales: también existen dificultades considerables en el plano práctico. Permanecer sentado en una silla a un metro de una cama mientras la propia pareja está con otro hombre exige una firmeza y una conciencia que no todo el mundo posee. Del mismo modo, para quien llega desde fuera la situación dista mucho de ser sencilla.

Muchas de las parejas que recurren a mí ya lo habían intentado con un amigo o un conocido, y el relato es casi siempre el mismo: se bloqueó, sintió vergüenza, se salió de su papel o convirtió el encuentro en una competición con el marido. Quien entra en esa habitación tiene una doble tarea: debe ignorar la presencia del observador para concentrarse en la mujer y, al mismo tiempo, seguir siendo consciente de esa presencia, porque su mirada también forma parte de la escena, pero sin ocupar el lugar del deseo de ella.

Hace falta saber leer al vuelo la dinámica de la pareja: comprender si la humillación se busca o está terminantemente prohibida, captar las señales de comodidad o malestar que sugieren acelerar o reducir el ritmo, sin permitir que sustituyan a lo que se ha dicho y acordado, y mantener el control de la situación sin sobrepasar los límites establecidos.

Leerla a ella sin usarlo a él como intérprete.

Con los años he tenido que desarrollar el tacto, la lucidez y la sensibilidad necesarios para moverme dentro de este equilibrio tan delicado. Quien lo hace por simple curiosidad no paga el precio más alto: lo paga la pareja, que ve arruinado todo su trabajo de preparación.

Ser profesional, por otra parte, tampoco basta. Los criterios que cuentan se comprueban antes de conocerse: si dice con claridad lo que hará y lo que no hará, si acepta los límites sin intentar negociarlos y si sabe encajar un no sin hacerlo pesar.

El día después: hablar también de lo que no funcionó

Dos tazas de café sobre una mesa baja y una cama deshecha bajo la luz fría de la mañana, con el océano de Tenerife al otro lado del ventanal: el día después, cuando la pareja habla de lo que funcionó y de lo que no y el gigoló sale de la ecuación.

Una vez ocurrido todo, en las horas o los días siguientes, queda la parte más importante de toda la experiencia. El consejo que siempre doy es sencillo: hablad. Contaos qué funcionó, qué os sorprendió, qué os incomodó y qué preferiríais no repetir.

Sobre todo, no os guardéis los comentarios negativos ni los pequeños momentos de malestar por miedo a hacer daño, o mostrar una debilidad al otro. En estas dinámicas, el daño a largo plazo puede nacer tanto de lo que ocurrió como del silencio posterior, y este último es el que más suele subestimarse: es lo que no se dice lo que permite que la duda eche raíces.

Hablar con naturalidad y sin dramatismos es la condición esencial para que una experiencia así refuerce la complicidad en lugar de agrietarla.

En el fondo, la calma de aquel primer correo nacía exactamente de ahí. No de una provocación superficial, sino de la conciencia de quien no necesita explicar su intimidad a nadie para sentirla legítima. Apartarse del centro de la escena nunca es un gesto de rendición, sino la afirmación de una forma distinta de control: la de quien decide retroceder un paso únicamente para disfrutar de lo que ocurre desde un punto de vista que nadie más puede ocupar.


Nota del autor

Este artículo combina lo que he observado durante años de trabajo como tercero invitado con los pocos datos disponibles sobre el fenómeno. Las fuentes citadas respaldan las cifras sobre las fantasías y los resultados del estudio mencionado; todo lo demás, desde la lectura de los celos hasta el comportamiento de las parejas antes y después del encuentro, es observación personal y no investigación. Quienes recurren a un profesional forman un grupo que ya se ha autoseleccionado, y la configuración que describo es la que encuentro con más frecuencia, no la única posible. Los detalles narrativos y geográficos de los encuentros se han modificado o combinado para proteger la identidad de las personas implicadas.

Fuentes citadas

  1. Lehmiller, J. J. (2018). «Tell Me What You Want: The Science of Sexual Desire and How It Can Help You Improve Your Sex Life» (en inglés). · Encuesta sobre fantasías sexuales realizada a más de cuatro mil adultos estadounidenses: de aquí proceden las cifras citadas en el texto, que miden la fantasía y no la práctica.
  2. Heródoto (siglo V a. C.). «Historias, libro I, 8-13 (Candaules y Giges)» (en inglés). · El relato del que procede el término candaulismo: en el mito la mujer no consiente, y eso invierte su sentido respecto al uso contemporáneo.
  3. Krafft-Ebing, R. von (1894). «Psychopathia sexualis, mit besonderer Berücksichtigung der conträren Sexualempfindung» (en alemán). · El tratado de finales del siglo XIX que acuña el término candaulismo, tomándolo del relato de Heródoto.