Ocurrió en la terraza de un restaurante de Las Palmas, en una de esas noches templadas, entre copas y conversaciones ligeras, con la playa de Las Canteras de fondo.
Cuando la charla giró hacia mí y conté, con la misma naturalidad con que otro acababa de contar sus últimos viajes de trabajo, a qué me dedico, el ambiente cambió casi de forma física. Una mujer sentada frente a mí dejó el tenedor en el aire, me miró y, tras unos segundos de silencio, dijo una sola frase:
«No necesitas hacer esto.»
Su tono de voz no delataba desprecio, sino preocupación, como si acabara de descubrir que yo dormía en la calle o escondía una deuda imposible. No me preguntó si me gustaba, si lo había elegido o qué lugar ocupaba en mi vida. La conclusión ya estaba tomada: si hacía este trabajo, debía de existir una razón que me exculpara.
Las explicaciones que me ofrecen cambian, pero todas cumplen la misma función. Unas veces son económicas, otras psicológicas: «¿eres adicto al sexo?», me han preguntado, como si solo una compulsión explicara lo que hago. Y luego está la más reveladora: la certeza de que yo debería sentir asco. «¿No te da asco?» «¿No te das asco?» «Me da vergüenza ajena», me soltó una vez una expareja.
Lo interesante no es que esas personas desaprueben mi decisión. Nadie está obligado a comprenderla ni a compartirla. Lo interesante es la dificultad para admitir que pueda ser, sencillamente, una decisión.
Antes de juzgarla necesitan corregirla, transformarla en necesidad, trastorno, degradación o fracaso. La reacción no describe lo que hago. Describe el límite de lo que el otro considera posible.
Piensa en la última vez que alguien te habló de una decisión que tú jamás habrías tomado. ¿Intentaste entenderla, o le buscaste enseguida una explicación?
La misma libertad, distinto veredicto
El doble rasero sexual es tan conocido que casi parece una obviedad. Un hombre que acumula experiencias suele recibir reconocimiento. Se le atribuyen iniciativa, capacidad de seducción, seguridad o éxito.
La mujer que se comporta de manera equivalente ha sido juzgada durante siglos con un vocabulario mucho menos amable.
Podría pensarse que todo esto es cosa del pasado, una mentalidad de otras generaciones que ya habríamos dejado atrás. La investigación disponible no confirma que pertenezca al pasado. El metaanálisis de los psicólogos Endendijk, van Baar y Deković, publicado en 2020 y basado en 99 estudios[1], concluyó que el doble estándar sexual no había desaparecido, aunque su detección varía según el modo en que se mide. Puede presentarse de forma menos explícita que en otras épocas, pero sigue operando en la manera en que se valoran conductas semejantes según el sexo de quien las realiza.
La fórmula popular es sencilla: él conquista, ella se abarata. Él suma, ella pierde. Incluso cuando ambos han hecho exactamente lo mismo, el relato social reparte prestigio y desgaste de manera distinta.
Hasta aquí, el terreno es conocido, casi lo damos por sabido. Pero ese mecanismo cambia cuando aparece el dinero.
Lo que se admira gratis se degrada cuando se cobra
Mientras el hombre mantiene relaciones sexuales sin cobrar, puede seguir ocupando el papel reconocible del latin lover. Cuando convierte esa intimidad en un servicio, el personaje deja de funcionar. La admiración se retira.

La actividad es la misma; lo que ha cambiado es su lugar dentro de ella. Ya no parece actuar únicamente por deseo propio, sino que ha aceptado una transacción: ha puesto precio a algo que, según ciertas convenciones, debería ofrecer solo por impulso, conquista o placer.
El hombre que antes parecía ejercer poder empieza a mostrarse sometido a una necesidad.
En la mujer, en cambio, la entrada del dinero no elimina el desprecio que ya podía acompañar a su libertad sexual. Lo agrava o lo transforma. Puede ser juzgada moralmente y, al mismo tiempo, considerada víctima. A menudo ambas miradas conviven sin demasiada contradicción: se la condena por venderse y se niega que haya podido decidir vender.
En los dos casos se niega la voluntad. Pero no significa lo mismo, ni pesa igual, y ese peso de más recae casi siempre sobre ellas.
Empecemos por ellas
Cualquier reflexión sobre el trabajo sexual que coloque en paralelo la experiencia masculina y la femenina corre el riesgo de falsear las proporciones. Es un error en el que no pienso caer.
Para incontables mujeres que venden sexo, la palabra elección describe mal lo ocurrido. La prostitución está atravesada por la coerción, la trata, la pobreza y la supervivencia.
La Organización Internacional del Trabajo estima que 4,9 millones de mujeres y niñas se encuentran en situación de explotación sexual comercial forzada[2]. El informe global de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) de 2024 señala que ellas representan aproximadamente el 61 % de todas las víctimas de trata detectadas, considerando las distintas formas de explotación[3].
Fíjate en esa palabra: «detectadas». Son solo las que alguien llegó a ver. Detrás quedan todas las que nadie contó nunca, las que callan por miedo a que hablar traiga algo aún peor que lo que ya viven. Los datos no permiten calcular qué porcentaje absoluto del mercado entero corresponde a una situación u otra, pero sí muestran una realidad cuya gravedad no admite frivolidad.
En España, la propia percepción social refleja esa asociación. En el estudio de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género y el CIS, cerca del 70 % de la población explicaba la prostitución femenina por la necesidad económica, y un 41,5 % consideraba que las mujeres eran forzadas[4].
Una persona que vende sexo para no pasar hambre no está eligiendo en el sentido pleno de la palabra. Una mujer captada, amenazada, endeudada o explotada no necesita que la sociedad reconozca su autonomía. Necesita que alguien detenga a quien se la ha quitado.
Al lado de eso, mi experiencia no está en la misma balanza.
La incomodidad de que un desconocido interprete mal mi decisión no puede compararse con la violencia que determina la vida de millones de mujeres. En mi caso, la negación de la elección es un juicio. En el suyo, con demasiada frecuencia, la ausencia de elección es la condición material de su existencia.
La mujer que sí eligió
Entre esas realidades hay una figura de la que casi nunca se habla, quizá porque incomoda a casi todos: la mujer que sí eligió.
No sabemos con precisión cuántas son, y sería deshonesto fingirlo. Tampoco se puede invocar su existencia para minimizar a los millones de mujeres coaccionadas o explotadas. Pero existe una parte real que decidió dedicarse a esto sin que la empujaran el hambre, las deudas o el miedo.
Esa mujer trabaja como trabaja cualquiera que vive de sí mismo. Pone sobre la mesa lo que tiene: su presencia, su conversación, su inteligencia, su humor, su aspecto físico, su forma de leer a quien tiene delante. El cuerpo es una parte, no todo el oficio, por mucho que se diga. Ella ha hecho de sus cualidades una profesión, con la misma naturalidad con que un abogado vive de su elocuencia.

Y aquí está lo revelador. A esa mujer, que ha elegido con tanta lucidez como cualquier profesional, tampoco se le concede el beneficio de la duda. Se la sigue leyendo como caída, como víctima, como alguien a quien la vida estropeó.
Mismo acto, elegir; lo que cambia es la manera en que el mundo se niega a aceptarlo.
El hombre que cobra deja de ser el hombre que conquista
Solo después de establecer esa desproporción tiene sentido volver al caso masculino.
La investigación sobre los hombres que venden servicios sexuales sigue siendo escasa. Los investigadores Curtis y Boe, en 2023, describen el tema como un campo desatendido[5]. Cuando aparece en los estudios, el trabajador sexual masculino suele ser presentado desde la vulnerabilidad, la juventud, la marginalidad o la falta de alternativas.
Los investigadores en salud pública Berg, Molin y Nanavati, por ejemplo, lo sitúan dentro de un marco muy distinto al de la fantasía del seductor prestigioso[6]. La socióloga Scarlett Redman, que comparó a escorts mujeres y hombres, observó que el estigma sexual continúa adherido de manera mucho más intensa al cuerpo femenino[7].
No pretendo convertir unos pocos estudios en una demostración total. La evidencia disponible es limitada y no permite construir una imagen universal del hombre que cobra por intimidad.
Lo que puedo aportar es más modesto, y de otra clase: las reacciones que he ido escuchando a lo largo de los años.
«Algo te habrá empujado»
Volvamos un momento a aquella terraza, al tenedor detenido en el aire. «No necesitas hacer esto» parece una frase compasiva, pero encierra una certeza. Quien la pronuncia da por hecho que yo tampoco querría hacerlo si mi vida fuera como se supone que debería ser. Mi autonomía, mi historia o mis motivos son secundarios: la actividad basta para deducir que existe una carencia. «¿Eres adicto al sexo?», me han preguntado también, y la explicación se desplaza hacia la patología. Si no lo hago por necesidad, será que no puedo evitarlo. El deseo deja de ser deseo y se convierte en síntoma.
De la mujer que eligió se dice lo mismo con otras palabras. «Alguien la habrá metido en esto.» «Pobre, con la vida que habrá tenido.» A ella no se le supone un vicio, se le supone una mano ajena: un hombre detrás, una herida antigua. La causa que nos inventan cambia con el sexo. A mí, una carencia o una compulsión; a ella, siempre otro que la empujó.
En los dos casos, la frase ofrece una coartada, y es más generosa con quien la dice que con nosotros. Nos permite no haber elegido. Yo puedo ser un necesitado o un enfermo; ella, una víctima. Lo que a ninguno de los dos se nos concede es haber llegado andando.
«Deberías sentir asco»
La reacción más dura ya no busca una causa, busca una emoción. Da por sentado que hay un sentimiento correcto y que no tenerlo es la prueba de que algo falla. Debajo hay una certeza que pocos enuncian: que el cuerpo es casi un templo, y que cobrar por su acceso lo profana.
A mí me llega como pregunta. «¿No te da asco?», por el trabajo. «¿No te das asco?», por la persona. La segunda ya no separa el acto de la identidad. Da por hecho que debería vivirme como degradado, y que mi calma, mi falta de asco, es una prueba más contra mí.
A ella la misma exigencia le llega como sentencia. «¿No tienes dignidad?» «¿Cómo puede una mujer rebajarse así?» A los dos se nos reclama una vergüenza que no sentimos, y se nos cobra su ausencia. Solo que a ella se la castiga más: a mí se me tiene por defectuoso, a ella por deshonrada.
El sociólogo Erving Goffman escribió sobre la identidad desacreditada, sobre la manera en que un atributo puede imponerse a la totalidad de una persona[8]. Otro sociólogo, Howard Becker, formuló algo parecido desde otro ángulo: la desviación no reside únicamente en un acto, sino en la etiqueta que los demás consiguen colgar a quien lo comete[9].
Una vez colocada la etiqueta, la biografía empieza a reorganizarse alrededor de ella.
Ya no eres alguien que ha tomado una decisión concreta. Eres la clase de persona que toma decisiones así. Y, por tanto, debe de haber algo en ti que las explique.
El juicio funciona mejor cuando no se conoce a la persona
A medida que esos episodios se acumulaban, terminé fijándome en un patrón: las frases más tajantes suelen venir de quien no me conoce, o me conoce muy poco.
Quienes han convivido conmigo pueden estar en desacuerdo, sentirse incómodos o preferir no saber. Pero rara vez necesitan inventarme una adicción, una urgencia económica o una falla moral para explicarme.

La categoría abstracta necesita una causa. La persona concreta estropea esa comodidad.
Es fácil imaginar que «un hombre que hace esto» está roto, o que «una mujer que hace esto» es una pobre desgraciada. Las dos imágenes se sostienen mientras la persona sea una silueta. Se derrumban en cuanto adquiere una forma reconocible: criterio, trabajo, afectos, límites y la última palabra sobre su propia vida.
En cuanto la explicación deja de encajar, asoma algo más incómodo: que una persona haya elegido, con plena conciencia, algo que nosotros no elegiríamos jamás.
Quizá por eso la coartada resulta tan útil: protege la visión del mundo de quien juzga. Permite afirmar que ciertas decisiones no existen, que solo existen personas empujadas hacia ellas por una deficiencia.
Mientras la persona permanezca lejos, la teoría se sostiene. Cuando se acerca, cuando habla y deja de comportarse como la caricatura prevista, la teoría empieza a necesitar demasiadas excepciones.
Cuando no logramos concebir la elección de alguien, inventamos una causa que le permita no haber elegido.
Una asimetría muy antigua
Esta asimetría no nació con el mercado de hoy. Cambian los disfraces, pero la necesidad sigue siendo la misma: decidir qué cuerpos pueden intercambiarse, quién conserva el prestigio después y quién, en cambio, pierde el derecho a considerarse dueño de sí mismo.
Las pocas mujeres que lograron convertir el erotismo en cultura o en influencia lo hicieron siempre al borde del precipicio. Verónica Franco publicó sus poesías en la Venecia del siglo XVI y discutió en verso con los hombres más poderosos de la ciudad, hasta que la Inquisición la llevó a juicio: una sola acusación bastaba para derribar cuanto había construido. Tullia d’Aragona, poeta y filósofa, escribió sobre el amor y consiguió que la eximieran del velo amarillo con que se marcaba a las prostitutas; se lo ahorraron por poeta. Excepciones deslumbrantes y frágiles, nunca la norma.

La diferencia está en el peso de la negación
Cuando alguien me pregunta qué me obligó a hacerlo, está negando mi elección. Cuando presupone que debería avergonzarme, intenta decidir por mí qué significado debe tener esa elección.
Eso puede resultar irritante, revelador o, a veces, casi cómico. Pero sigue siendo un juicio externo. Puedo escucharlo, analizarlo, sonreír y continuar con mi vida.
Para demasiadas mujeres, en cambio, la falta de elección no es una interpretación social. Es una amenaza, una deuda, una frontera, un proxeneta, una familia que alimentar o una violencia de la que no pueden salir.
Sería obsceno confundir ambas cosas.
El doble estándar no desaparece cuando quien vende es un hombre; solo cambia de forma.
En mí, esa negación es apenas una molestia. En millones de mujeres, la elección no se niega: se arranca. Y eso es lo único de todo esto que debería quitarnos el sueño.
Cuando empezaste a leer, te pedí que recordaras la última vez que alguien te habló de una decisión que tú jamás habrías tomado. La próxima vez que pase, puedes seguir sin compartirla, pero antes de buscarle una explicación que la vuelva soportable, pregúntate si no le estás negando lo único que de verdad le pertenece: haberla tomado.
Nota del autor
Este artículo combina las reacciones que he ido recibiendo a lo largo de los años como acompañante con datos y estudios sobre el trabajo sexual y el doble rasero. Las fuentes citadas sostienen los datos; las interpretaciones son mías. La desproporción entre la incomodidad de que me juzguen y la violencia que sufren millones de mujeres se afirma en el propio texto y no se relativiza en ningún momento.
Fuentes citadas
- Endendijk, J. J., van Baar, A. L. & Deković, M. (2020). «He is a Stud, She is a Slut! A Meta-Analysis on the Continued Existence of Sexual Double Standards» (en inglés). Personality and Social Psychology Review, 24(2), 163–190. · Metaanálisis de 99 estudios: el doble rasero sexual sigue vigente. ↩
- Organización Internacional del Trabajo, Walk Free y OIM (2022). «Global Estimates of Modern Slavery» (en inglés). · 4,9 millones de mujeres y niñas en explotación sexual comercial forzada, de un total de 6,3 millones de personas. ↩
- Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (2024). «Global Report on Trafficking in Persons 2024» (en inglés). · Las mujeres y niñas representaron el 61 % de las víctimas de trata detectadas en 2022. ↩
- Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género y CIS (2026). «Análisis de los datos de la Encuesta sobre percepción social de la prostitución». · Cerca del 70 % explica la prostitución femenina por necesidad económica; un 41,5 % considera que las mujeres son forzadas. ↩
- Curtis, M. G. & Boe, J. L. (2023). «The Lived Experiences of Male Sex Workers: A Global Qualitative Meta-Synthesis» (en inglés). Sexes, 4(2), 222–255. · El trabajo sexual masculino como campo de investigación desatendido. ↩
- Berg, R. C., Molin, S. B. & Nanavati, J. (2020). «Women Who Trade Sexual Services from Men: A Systematic Mapping Review» (en inglés). Journal of Sex Research, 57(1), 104–118. · El trabajador sexual masculino suele aparecer encuadrado desde la vulnerabilidad, no desde el prestigio del seductor. ↩
- Redman, S. (2016). «Female and male escorts in the UK: A comparative analysis of working practices, stigma and relationships» (en inglés). Tesis doctoral, University of Leeds. · El estigma sexual se adhiere con más intensidad al cuerpo femenino. ↩
- Goffman, E. (1963). Stigma: Notes on the Management of Spoiled Identity (en inglés). Prentice-Hall. · Cómo un atributo puede imponerse sobre la identidad entera de una persona. ↩
- Becker, H. S. (1963). Outsiders: Studies in the Sociology of Deviance (en inglés). Free Press. · La desviación no reside en el acto, sino en la etiqueta que otros logran colgar a quien lo comete. ↩