Hace un tiempo empecé a reparar en una pregunta que aparece más a menudo de lo que parece.

«¿Y qué hacemos?»

Nunca me ha parecido una pregunta sobre el plan. Casi siempre esconde otra.

La he escuchado muchas veces en mujeres que organizan equipos, empresas, familias o simplemente su propia vida con una eficacia que impresiona. Están acostumbradas a que, si algo sale bien, es porque alguien pensó en ello antes. Y, muy a menudo, ese alguien son ellas.

No llegan cansadas de trabajar. Llegan cansadas de decidir.

Lo curioso es que esa manera de vivir acaba ocupándolo todo. También el descanso.

Se reserva el hotel con semanas de antelación, se guardan restaurantes en una lista, se comparan vuelos, se leen opiniones, se decide qué merece la pena visitar para no volver con la sensación de haber desaprovechado el viaje. Hasta el tiempo libre termina pareciéndose al trabajo: una sucesión de decisiones en las que no basta con elegir; hay que acertar.

Hoy, incluso el descanso se ha convertido en un proyecto.

Por eso me gusta responder a esa pregunta con otra.

«¿Y si hoy no hace falta decidirlo ahora?»

Al principio produce una especie de desconcierto. Después, a menudo, aparece algo parecido al alivio. No porque elegir sea un problema. Elegir continuamente sí acaba siéndolo.

Hay una diferencia enorme entre hacer algo porque apetece y hacerlo solo para no sentir que el día se ha desperdiciado.

Una ciudad puede disfrutarse más cuando no intentas conocerla entera; una conversación, cuando no tiene que llegar a ninguna conclusión. Y hay mañanas que se recuerdan durante años, aunque si alguien preguntara qué hicimos, costaría encontrar una respuesta.

En albornoz, ella de pie junto al ventanal con una taza de café y su escort masculino sentado desayunando frente a la ciudad; una mañana tranquila, sin prisa ni conversación obligada. Un acompañante para el fin de semana.

Hemos terminado confundiendo el lujo con la cantidad de opciones.

No es extraño. Nos han enseñado que cuanto más exclusivo es un lugar, más cosas tiene que ofrecer. Con el tiempo, he terminado sospechando que ocurre justo lo contrario: que el lujo tiene más que ver con una agenda vacía y alguien con quien la quietud no incomoda. Es pasar un fin de semana sin que nadie te exija nada. Ni una decisión. Ni una explicación. Ni la versión de ti que los demás esperan encontrar.

Al final, no es el destino lo que hace distinto un fin de semana así. Lo que permanece es una sensación muy concreta: la de haber pasado dos días sin tener que sostener el mundo para que siguiera funcionando.

Un fin de semana así no se planea. Se permite.