Cuando observas la línea del horizonte desde tu terraza o recorres el paseo marítimo al caer la tarde, es muy probable que reconozcas cada rincón de esta costa con la familiaridad serena de quien ha construido aquí una segunda arquitectura cotidiana. Sabes cómo cambia el viento a lo largo del día, el tono oscuro que adquieren las rocas cuando baja la marea y la cadencia suave con la que entra el sol por tu ventana al amanecer.

No necesitas que nadie te explique la topografía de Canarias, la variedad de sus microclimas ni el carácter de sus lugares más resguardados, porque tu presencia en este lugar no es el resultado de un impulso fortuito ni de una escapada improvisada de última hora. Es, por el contrario, la ejecución impecable de una decisión meditada con minuciosidad, un engranaje complejo que te ha exigido coordinar billetes de avión, reordenar agendas profesionales o familiares, posponer compromisos y asegurar un espacio del todo tuyo, durante meses o semanas.

Has realizado todo ese esfuerzo logístico y personal por una razón fundamental: porque entendiste que tu bienestar, tu energía y tu derecho a habitar un tiempo luminoso valían exactamente la distancia de un océano. La solidez de esa elección es el cimiento invisible sobre el cual descansa cada una de tus jornadas bajo este límpido cielo canario.

Salón de un apartamento frente al mar en San Agustín, con estantería de libros, mesa y ventanales abiertos al paseo marítimo, las palmeras y el Atlántico.

Del frío escandinavo a Tenerife: la historia del primer refugio en el sur

Para comprender la verdadera densidad del paisaje social y humano que hoy habitas, conviene recordar que la corriente que te trajo hasta aquí comenzó hace más de sesenta años alrededor de un puñado de suecos que, movidos por necesidades distintas, buscaban todos lo mismo: la luz de un sol cálido y persistente.

En los años cincuenta, un veterinario sueco llamado Bengt Rylander, cuya movilidad se veía progresivamente desgastada por los embates de la esclerosis múltiple, decidió desafiar la rigidez innegociable de los inviernos escandinavos y buscar en Södern, que es como los suecos llaman al sur cuando hablan de sol, una alternativa a los tratamientos convencionales de la época. No partió solo: con él viajaba Olle Ryding, sueco también, que padecía artritis reumatoide.

Empujados por la confianza y la audacia que distinguen a los pioneros, cruzaron el archipiélago canario, dejando atrás las islas orientales, hasta alcanzar el sur de Tenerife y detenerse en un pueblo de pescadores de unos pocos cientos de habitantes llamado Los Cristianos. Allí Rylander se instaló con su mujer, Inga, primero en un hotel viejo y después en una casa pequeña de alquiler. Encontró en la combinación de la radiación solar constante, la temperatura templada del agua de mar y el clima de la isla un alivio que la medicina del norte no lograba darle en sus salas cerradas, bajo la fría luz de los tubos fluorescentes.

Los Cristianos en los años cincuenta: casas bajas encaladas, barcas varadas en la arena y una ladera desnuda detrás, antes de que llegara el turismo a Tenerife.

Dos enfermedades que no se parecían en nada y una sola apuesta: que el clima lograra allí donde los tratamientos de casa habían fracasado.

Alrededor de Rylander y Ryding se fue formando una pequeña colonia del norte, que en 1962 se constituyó formalmente como la Stiftelsen Vintersol[1].

La fundación levantó su sede con subvenciones del Estado sueco, obtenidas a través del funcionario Ernst Michanek, y exigió muchos años de planificación y tres de obra. Abrió en 1965 con el nombre de Centro de Rehabilitación Ramón y Cajal, y a la inauguración asistieron representantes del gobierno sueco y del español. Aquel centro de rehabilitación, fundado a orillas del agua para ofrecer terapias basadas en la climatología y el ejercicio físico en el mar, continúa en activo en el mismo lugar, como testimonio de cómo la necesidad física de unos pocos individuos terminó por trazar la huella de un camino migratorio colectivo.

El sol de Canarias como política pública: klimatvård y Behandlingsreiser til utlandet

La experiencia de Rylander y Ryding no permaneció durante mucho tiempo como una simple anécdota de iniciativa privada o de búsqueda personal. Lo que comenzó como un refugio individual fue asumido rápidamente por las instituciones sanitarias de los países nórdicos, que comprendieron el valor preventivo y terapéutico del clima subtropical con una pragmática visión de estado.

Durante décadas, los gobiernos de Suecia, Noruega y Finlandia estructuraron y financiaron programas públicos de klimatvård, atención o cuidado climático, destinando fondos estatales para trasladar a sus ciudadanos a estas islas durante las semanas más duras del invierno septentrional.

Las regiones suecas asumieron el coste de las estancias en centros especializados y el paciente puso solo la tarifa sanitaria. Este mecanismo ha resistido al paso del tiempo: todavía hoy regiones como la de Sörmland derivan a sus pacientes reumáticos y neurológicos a Vintersol, en Tenerife, y a Svenska Re, en Gran Canaria, hasta cuatro meses por año natural[2].

Por su parte, el estado noruego consolidó el programa Behandlingsreiser til utlandet, viajes de tratamiento al extranjero, que la propia norma registra también entre paréntesis como klimareiser, viajes climáticos. El programa envió sistemáticamente a personas afectadas por dolencias inflamatorias crónicas, asma, eccema infantil y secuelas de polio a instalaciones diseñadas para la helioterapia y el baño en piscinas de agua salada[3].

Sala de hospital escandinava de los años sesenta, vacía, bajo la luz fría de los tubos fluorescentes, con la penumbra del invierno tras las ventanas.

Aquellos viajes no se sostenían solo sobre razones sanitarias. El Norsk Revmatikerforbund, la asociación noruega de reumáticos, deja por escrito que el coste por día de rehabilitación en el extranjero resulta sensiblemente inferior al de la misma rehabilitación realizada en Noruega, y que el efecto del clima cálido no puede obtenerse en casa. Mandar a un paciente al sur salía más barato que tratarlo en el norte.

Un Estado que paga el billete hacia la luz ya ha decidido que la luz es el tratamiento.

En Finlandia, las asociaciones de pacientes organizaron de forma continuada expediciones y cursos de rehabilitación en Gran Canaria, respaldados por un beneficio público que se mantuvo durante décadas hasta que fue retirado[4].

Dinamarca también financió con dinero público su propio tratamiento climático, desde 1971, pero lo dirigió al mar Muerto y no a estas islas. Los daneses que pasan aquí el invierno vinieron por su cuenta[5].

Todos estos programas compartían una misma convicción administrativa: la exposición prolongada al sol y al calor no era solo un lujo vacacional; era un tratamiento, y como tal se financiaba con dinero público.

El mapa social de la migración nórdica y alemana en Canarias

Décadas más tarde aquellos programas siguen existiendo, pero han dejado de ser la única razón por la que se llega al archipiélago. Para la temporada de invierno 2026/2027 se pusieron a la venta 165.014 plazas de avión solo desde Noruega hacia Canarias, un 19% más que el invierno anterior, y desde Suecia el aumento llega al 86%[6]. No hay receta que cubra esas cifras. Lo que empezó siendo un tratamiento se convirtió en costumbre, y la costumbre terminó fijándose en el mapa.

Con el paso de los años, esa afluencia constante de ciudadanos del norte de Europa imprimió en la geografía de las islas una cartografía urbana y social extremadamente precisa, cuyos trazados siguen siendo perfectamente reconocibles hoy en día.

Las distintas comunidades no se mezclaron de manera uniforme ni azarosa, sino que fueron asentándose en enclaves específicos, reproduciendo en latitudes meridionales la arquitectura de sus propias necesidades institucionales, culturales y espirituales.

Los noruegos convirtieron el entorno de Arguineguín en su epicentro vital, levantando allí en 1974 su propia escuela, Den Norske Skole, fundando en 1988 el club noruego, Den Norske Klubben y consolidando el centro sanitario Valle Marina como enclave de referencia para su comunidad[7].

Los daneses no levantaron un enclave aparte: se instalaron junto a los noruegos en Arguineguín, donde el restaurante Solvang lleva décadas sirviendo cocina escandinava.

Una comunidad que pasa aquí la mitad del año necesita un lugar donde rezar pero también uno donde encontrarse, y en Arguineguín las dos dimensiones conviven bajo el mismo techo. En pleno paseo marítimo se levanta la Sjømannskirken, la iglesia noruega de los marinos: la institución nació en Bergen en 1864, llegó a Gran Canaria en 1987 y desde entonces hace de templo y de plaza mayor para toda la colonia escandinava del sur de la isla. Es la más visitada de todas sus sedes en el mundo, con más de cien mil visitas en 2012, alrededor de una quinta parte de todas las que registra la organización[8].

La Sjømannskirken, la iglesia noruega de los marinos, junto al paseo marítimo de Arguineguín, en Gran Canaria, con el muro de piedra volcánica y el mar al atardecer.

Unos kilómetros más al este, los suecos hicieron de San Agustín su refugio principal. Allí abrieron en 1965, dentro de la urbanización Rocas Rojas, la Escuela Sueca, Svenska Skolan: un centro reconocido por la autoridad educativa sueca, que da clase en aula de los tres a los trece años y acompaña en sus instalaciones a los mayores, hasta el bachillerato, matriculados en los cursos a distancia del sistema sueco. Una familia puede pasar aquí el invierno entero sin que ninguno de los hijos pierda el curso escolar[9].

La Iglesia de Suecia, la Svenska kyrkan, está en Gran Canaria desde 1967, y en 1987 inauguró su capilla en San Agustín, justo al lado del colegio, dentro del complejo de Rocas Rojas[10]. Dos puntos de referencia que permitían a la comunidad recrear aquí la cotidianidad de casa.

En noviembre de 2012, en el cincuenta aniversario de Maspalomas-Costa Canaria, la colonia sueca le regaló al municipio una escultura de bronce: un dalahäst, el caballo de madera pintado de Dalarna que en Suecia vale como emblema del país entero. Más de diez años después sigue en pie en la avenida de la Unión Europea, como recordatorio de que aquella comunidad había dejado hacía tiempo de considerarse de paso[11].

Escultura en bronce de un dalahäst, el caballo pintado de Dalarna, sobre un pedestal de granito con las tres coronas suecas, en una avenida de San Agustín.

El caballo sigue, la capilla por desgracia no. En la primavera de 2024 la Iglesia de Suecia recortó drásticamente las subvenciones a sus parroquias en el extranjero, la de Gran Canaria tuvo que despedir a su personal local y en mayo dejó los locales de San Agustín y guardó el mobiliario en un almacén. La congregación sigue existiendo y sigue celebrando, pero ya no en su casa[12].

Los finlandeses, por su parte, establecieron su punto de encuentro en Playa del Inglés, alrededor de la Parroquia Evangélica Luterana Finlandesa de Gran Canaria, en finés Gran Canarian suomalainen evankelis-luterilainen seurakunta, que abre puntualmente cada año entre octubre y abril[13] y cierra cuando el norte de Europa vuelve a ser habitable.

Los oficios en finés no se celebran en un edificio propio, sino dentro del Templo Ecuménico El Salvador, compartido por varias confesiones: mientras noruegos y suecos levantaban su iglesia, la comunidad finlandesa se instaló bajo un techo que ya era de otros. Tampoco el apoyo público aguantó: desde principios de los noventa un fondo público finlandés pagaba las estancias en Gran Canaria de quienes sufrían psoriasis y dermatitis atópica, unas doscientas cincuenta personas al año antes de la pandemia, y desde 2022 esa ayuda ya no existe[14]. Quien pasa hoy el invierno finlandés en Playa del Inglés lo hace, en buena medida, por su cuenta.

Klein-Deutschland: de La Gomera a Fuerteventura, la migración alemana

Mientras los habitantes de Escandinavia viajaban amparados por prescripciones médicas y programas de salud pública financiados por el estado, los ciudadanos procedentes de Alemania comenzaron a llegar por sus propios medios, impulsados por una búsqueda de naturaleza muy diferente.

Desde finales de los años setenta, miles de alemanes desembarcaron con mochilas y guitarras a la espalda en rincones remotos como Valle Gran Rey, en La Gomera, una isla que por aquel entonces ni siquiera contaba con aeropuerto. Llegaban huyendo del clima moral conservador, de la rigidez social y de la asfixia política de la Alemania Federal de la época.

Muchos se quedaron, formaron familia y abrieron los primeros establecimientos vegetarianos y los primeros talleres de artesanía de la zona. Fue así como el valle se convirtió en lo que, en la propia lengua alemana, terminó por denominarse Klein-Deutschland[15].

Casa de piedra en Valle Gran Rey, en La Gomera, con una mochila y una guitarra apoyadas en el muro y los bancales del barranco bajando hasta el mar.

De manera similar, la presencia germánica se consolidó en otros puntos del archipiélago, alcanzando a 1 de enero de 2023 cerca del cuatro por ciento de la población de La Palma y superando los diez mil residentes censados en Tenerife, y concentrándose en Fuerteventura en los municipios del sur, donde vivían unos 2.570[16].

Desde hace más de medio siglo, Canarias es el lugar al que la Europa septentrional baja a buscar más luz y menos vigilancia.

El sol de Canarias y un cuerpo que deja de conformarse

Sesenta años después esa corriente te trae a ti, que tienes por delante un invierno entero de luz.

Al cabo de unas semanas, el sol y el agua templada bajan la inflamación, ablandan la rigidez que dejan meses de penumbra y devuelven a los músculos una soltura que parecía perdida.

Ningún protocolo habría podido prever que la luz no se sometería al papeleo médico.

La receta hablaba de la piel y de las articulaciones, pero el sol no lee prescripciones y va mucho más allá del límite del papel.

Hombro de una mujer a contraluz al final de la tarde, con el sol bajo sobre el Atlántico y la costa canaria desenfocada al fondo.

La luz que penetra diariamente en el cuerpo, durante semanas continuadas, altera de manera inexorable la química profunda de la percepción, la velocidad de los pensamientos y la intensidad de los deseos. La sensación de calidez disuelve paulatinamente esa armadura de reserva y distanciamiento que el frío exige como mecanismo de supervivencia cotidiana.

De repente, los sentidos recuperan una receptividad inmediata. Piensa, por ejemplo, en el placer de sumergirte en el océano a mitad de la tarde: el peso del agua salada sosteniendo la espalda, el contraste gradual del aire sobre los hombros al emerger y la certeza de que la piel ya no se defiende del entorno, sino que se entrega a él.

El cuerpo, una vez despejado de la urgencia del dolor o del cansancio climático, descubre que su capacidad de sentir no se conforma con la mera restauración funcional. La salud recuperada deja de ser un fin en sí misma para convertirse en el terreno fértil sobre el cual se manifiesta una vitalidad más amplia, una búsqueda de complacencia, complicidad y placer.

La paradoja de las comunidades nórdicas en Canarias, entre protección y supervisión

Frente a esta transformación biológica y emocional, el microcosmos que los países septentrionales han edificado en estas islas ofrece una estructura protectora de innegable valor.

Las iglesias, la escuela, los puntos de encuentro y los restaurantes donde reencontrar los sabores de casa representan la mayor virtud de esas comunidades: una extraordinaria capacidad de organización colectiva y de solidaridad que se traduce en una red de protección en la que sentirse a salvo a miles de kilómetros de distancia. Es el testimonio de una cohesión ejemplar gracias a la cual varias generaciones han podido vivir lejos de su tierra sin perder sus referencias culturales ni el sentido de pertenencia.

Sin embargo, esa misma fortaleza colectiva delimita también su propio ámbito de alcance. La vida construida en torno al club, a la parroquia o a las terrazas habituales es, por definición, un territorio donde todo se comparte, donde las biografías se cruzan de manera transparente y donde la mirada de los demás continúa ejerciendo una amable pero constante supervisión social.

Es la típica intimidad de la vida de pueblo: todo el mundo sabe con quién te ves, qué dices y, sobre todo, cuáles son los temas que conviene evitar.

Terraza llena en el paseo marítimo del sur de Gran Canaria al atardecer, con las mesas dispuestas de modo que desde cada una se ven las demás, y la gente paseando por delante.

Lo que ese entorno colectivo no puede albergar por su propia naturaleza es aquello que escapa al dominio público: la posibilidad de una vivencia estrictamente privada, de una complicidad reservada a dos personas y de una experiencia de fascinación que no deba explicarse al día siguiente ante la mesa de un café familiar.

Bajo la misma luz, otra forma de habitar la isla

Es precisamente en esa grieta entre la comodidad de lo colectivo y la necesidad de una vivencia íntima donde me sitúo. Frente a toda esa vida en común, ese espacio privado puede tomar dos formas, las dos sencillas.

Por un lado, la posibilidad de un encuentro donde la atención no se divide con nadie, donde la conversación sigue el curso de tus intereses y sostiene una fluidez natural capaz de prolongarse durante horas sin agotarse.

Por otro, una manera diferente de atravesar la isla que creías conocer a la perfección: volver a recorrer los lugares donde sueles estar, pero bajo una luz distinta, la que transforma tu rutina en un territorio reservado solo a nosotros.

A todo ello se suma un factor determinante que en este archipiélago adquiere una densidad diferente: el tiempo.

Un fin de semana juntos tiene su propio ritmo, pero cada elección tiene que caber en esos dos días. Quien pasa aquí el invierno juega en otro plano, y el lujo verdadero, en este caso, es justamente la ausencia de prisa.

No está la presión del vuelo de vuelta ni la urgencia de concentrarlo todo enseguida. Se puede quedar una primera vez para conocerse, sin compromisos ni expectativas para las semanas siguientes, y después dejar que la experiencia repose. Y si nace la sintonía, hay todo el tiempo para volver a verse, cuando y como te apetezca cada vez.

Tienes el control absoluto del ritmo, de la distancia y del espacio.

Si miras hacia atrás, buscar un espacio así responde a la misma determinación que te trajo hasta aquí. En su momento ya tomaste la decisión más compleja y valiosa: decretaste que tu bienestar físico, tu necesidad de luz y tu confort vital merecían la logística de un océano y el desplazamiento durante meses enteros a este rincón del Atlántico.

La elección de darte ahora una vivencia íntima no necesita un capítulo aparte: es la continuación natural de aquel primer paso.

Dos siluetas sentadas en una terraza frente al mar a la hora azul, una mujer y su escort, con dos vasos en la mesa y las luces de la costa encendiéndose.


Nota del autor

Todo lo que en este artículo lleva una fecha, una cifra o un nombre propio procede de las fuentes citadas más abajo. Están en sueco, noruego, finés, danés y alemán, que es donde vive esta historia. Algunas reconstrucciones históricas se contradicen entre sí, y cuando ocurre lo señalo en la nota. Lo que viene de vivir aquí, y no de un documento, son las observaciones sobre cómo funciona hoy el invierno en estas islas. Las interpretaciones son mías.

Fuentes citadas

  1. «Historia». Stiftelsen Vintersol y Vintersol (en sueco), con la versión española. · Las versiones no cuentan lo mismo: la sueca nombra a Inga Rylander, a Karl Henriksson y las subvenciones estatales gestionadas por Ernst Michanek; la inglesa y la española solo a Rylander y a Olle Ryding. Los datos de este párrafo salen de la sueca.
  2. «Öppenvårdsbehandling i varmt klimat» (en sueco). 1177 · Region Sörmland, y «Rehabiliteringsvistelse inom Sverige och utomlands» (en sueco). Västra Götalandsregionen. · La klimatvård no es un programa estatal único: la decide y la paga cada región. La primera fuente nombra los centros a los que deriva, Vintersol en Tenerife y Svenska Re en Gran Canaria; la segunda fija la tarifa que pone el paciente.
  3. «Forskrift om behandlingsreiser til utlandet (klimareiser)» (en noruego). Lovdata. · El nombre popular, klimareiser, está dentro del título de la norma, entre paréntesis. La comparación de costes del párrafo siguiente no procede de aquí sino de «Tiltak 1: behandlingsreiser til utlandet» (en noruego). Norsk Revmatikerforbund, que es la asociación de pacientes y por tanto parte interesada.
  4. «Vaikeista ihosairauksista kärsivät eivät pääse enää aurinkoon etelän lämpöön» (en finés). Yle. · La prestación pública que sostenía estos viajes durante décadas fue retirada. La fuente no da la razón, y por eso aquí tampoco se da.
  5. «Fra tilfældigheder til målrettet forskning» (en danés). Psoriasisforeningen. · «En 1971 el tratamiento climático se convierte en una posibilidad para los pacientes con psoriasis: se les envía al mar Muerto con ayuda pública.»
  6. «Drabelig oppsving i flykapasiteten til Kanariøyene» (en noruego). Canaria Journalen, 17 de agosto de 2026. · Son plazas de avión puestas a la venta, no viajeros contados: 165.014 desde Noruega, de las cuales 118.154 a Gran Canaria.
  7. «Valle Marina» (en noruego). Norges Astma- og Allergiforbund. · El centro es propiedad de la asociación noruega de asma y alergia, no del Estado. Las fechas de la escuela y del club proceden de las propias instituciones: «Om skolen» escribe «Skolen ble etablert i 1974 med bare 13 elever», y «Om klubben» da el 2 de marzo de 1988.
  8. «Sjømannskirken i Gran Canaria» (en noruego), cronología oficial de la organización, y «Sjømannskirken på Gran Canaria». Nordic Connection. · El trabajo empieza en 1987 en locales prestados; la villa de Arguineguín es de 1990 y la sede actual del paseo marítimo, de 2008.
  9. «Svenska skolan på Gran Canaria» (en sueco). Skolverket, Utbildningsguiden, y «Samarbetsskolor» (en sueco). Sofiadistans, la escuela a distancia del ayuntamiento de Estocolmo. · En aula el centro cubre la clase preparatoria y los cursos de primero a sexto; para los cursos posteriores y el bachillerato acompaña en sus instalaciones a los matriculados en la enseñanza a distancia. Las escuelas suecas en el extranjero siguen el läroplan, el currículo nacional, y dan clase en sueco: «Svensk grundskola utomlands» (en sueco). Skolverket.
  10. «Svenska kyrkan Gran Canaria» (en sueco) y «San Agustín, Gran Canaria». Wikipedia (en sueco). · Dos fechas distintas que conviene no mezclar: la Iglesia de Suecia está en la isla desde 1967, la capilla de San Agustín se abrió en 1987.
  11. «A Swedish legacy in the south of Gran Canaria» (en inglés). Maspalomas24h. · La escultura es obra de Marta von Poroszlay y se inauguró el 10 de noviembre de 2012.
  12. «Vi behöver din hjälp» (en sueco). Svenska kyrkan Gran Canaria. · Lo cuenta la propia parroquia: «det inte längre är möjligt att betala den hyra vi tidigare hade för vår kyrka». La noticia la dio también Dagen el 30 de abril de 2024, aunque ese periódico pide suscripción.
  13. «Gran Canarian suomalainen evankelis-luterilainen seurakunta» (en finés). · La parroquia trabaja por temporada, de octubre a abril, y celebra en Playa del Inglés dentro del Templo Ecuménico El Salvador.
  14. «Vaikeista ihosairauksista kärsivät eivät pääse enää aurinkoon etelän lämpöön» (en finés). Yle, 15 de diciembre de 2021. · La ayuda procedía de STEA, el fondo público finlandés para las asociaciones sociales y sanitarias, y se detuvo porque la ley no permite a Kela financiar rehabilitación en el extranjero.
  15. «Valle Gran Rey: Warum es als ‚Klein-Deutschland‘ gilt» (en alemán). Reise Pioniere. · La fuente sitúa el origen en la cultura alternativa de los años setenta y en la huida de la Alemania Federal conservadora. No cuantifica a aquellos pioneros.
  16. «Bevölkerung: Deutsche rückläufig auf den Kanaren» y «Deutsche auf Fuerteventura» (en alemán). · Todas las cifras son a 1 de enero de 2023. En el conjunto de las islas los alemanes censados pasaron de 45.580 en 2012 a 24.425 en 2021.